domingo, 25 de noviembre de 2012

Tallas

Uno de estos días, ni me pregunten por qué, hablábamos de tallas. A unas pueden torturarlas, a otras, no. El punto es que una conversación entre Karla Rauda, Mariana Belloso y yo provocó que hoy me siente a escribir de esto.

Mi papá me involucró en todos los deportes que pudo: baseball (sí, el de los niños, no esa culerada de softball) fútbol, volleyball, kickball, basketball, frontón y así... siempre lo hice al estilo masculino. Así que mi cuerpo fue "atlético" hasta que descubrí los placeres del sedentarismo y puesí, mi cuerpo alcanzó el monumental peso de 207 libras. A mis 1.50 mts. eso es un sobrepeso mórbido. Las tallas, ahí, se volvieron una tortura.

Recuerdo que para el aniversario de la radio anduvimos buscando vestidos para la ocasión con mis compañeras. Llegamos a Favio´s y la encargada de la tienda le dijo a una de mis compañeras (mientras yo estaba en el vestidor) que ellas no tenía ropa para ballenas. Así, no me lo invento. Para desgracia mía lo logré escuchar, y ver, detrás de la cortina. Iba saliendo a decirles que la blusa no me quedaba. Las tallas estigmatizan.

En el 2009 me dije: ¡Basta, esto se acaba ya! y me metí a un programa de reducción de peso que en el 2010 me llevó a pesar 117 libras. Fueron 90 libras  menos, otra persona, me dijeron por ahí. Y entonces, hice la terapia del vaciado: ropa que era muy grande a la donación. Se fueron varias blusas aseñoradas, pantalones (tallas masculinas) y ropa que nunca me puse porque realmente eran tallas exorbitantes y que me las regalaron creyendo que yo era   enorme. Ya las tallas, decía, no me preocupaban.

Pero en el 2011 el efecto rebote me hizo subir. Desde ese momento, hasta hoy, son 145 libras. Usted dirá: eso no es mucho. Sí, podrá no ser el problema. No será mucho, pero aún voy y busco en tiendas como Zara, Pull & Bear y otras, ropa para esta mujer que tiene 62 libras menos que hace 3 años y aún no encuentro. Así que esto de las tallas podría seguir siendo un problema.

Porque los cuerpos no son iguales. Mis senos no son los del maniquí. Mis piernas no son las de esos muñecos sin vida. Las tallas torturarán a quien se deje. Yo decidí, entonces, pasar de preocuparme de esas cifras a hacerlo por la comodidad y dejo para las ocasiones especiales los vestidos elegantiosos y las tallas reducidas.

sábado, 13 de octubre de 2012

No sé.


Si de algo no sé es de fútbol. Hija de un profesor de educación física y jugador de las canteras del FAS, no me avergüenza escribir [y decir] que no sé de fútbol.
A duras penas me emocioné con el mundial de Japón y Corea del Sur en el 2002. Tanto que escribí una única columna en el periódico de la universidad. Le seguí la pista e hice mi quiniela para esa oportunidad. Admiro a tipos como Milovan, Buffón, Baggio, Zidanne, Bekenbauer, Higuita, Cantoná y así... y ni siquiera les sé la gran trayectoria, sé sus nombres, sé de sus caracteres, sé que jugaron en sus selecciones respectivas. Milován es el Rey de los técnicos, para mí. Pero igual, no sé más nada.
Aprecio una buena jugada, disfruto un gol con "chanfle". Conozco - medianamente- la táctica para distribuir a los jugadores en el campo de juego y cuáles son las faltas que acarrean una tarjeta amarilla o roja. Aún así, no sé de fut.
Entonces, ¿por qué utilizar una entrada del blog para escribir de ello? Es que uno de estos días escribí en mi perfil de FB lo siguiente: "Ahora sí es octubre, esto va agarrando "envión". Pásenla bien y que el viento, hoy sí, sople a favor" y hubo un comentario de este nivel: "No nos demos paja que El Salvador no tiene fútbol para ni mierda" No sé dónde diablos este tipo [cabeza de troglodita] vio el tema del futbol por algún lado. Y es que no soy de quienes en la efervescencia del deporte [ni de ningún otro tema] escribo. Sobre todo, cuando todos/as se creen analistas deportivos, yo soy afición; cuando los otros son analistas políticos, yo soy pueblo; cuando la gente es teóloga, yo soy feligrés. Creo, firmemente, en hablar [o escribir] sí y solo sí se conoce del tema. De lo contrario, parecés un idiota visceral.
Tiene la culpa además Galeano pues con "La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí" [parte de su Fútbol a sol y sombra] me hizo comprender que el engranaje complicado de este deporte lo compone tanto la plata que producen las marcas, los patrocinadores, el derroche en los mundiales, la construcción de estadios, la inocencia de los seguidores, las entradas, la parafernalia, los himnos, la camiseta, el ritual; pero no hay más. Por lo menos, hasta donde mis ojos ven.
Así que me van a disculpar si mis estados no hablan de cuánto quedamos, ni de cuántos puntos llevamos en las tablas, si es apertura o cierre de alguna copa, si de tal o cual jugador debe de entrar al terreno, si la táctica es buena o mala, de si el técnico tuvo o no que hacer sus “movidas”. No, no soy de esas. Soy de las que el fútbol se me acaba cuando finaliza el partido en donde está mi papi a sus 66 años tratando de hacer lo que los grandes han hecho en sus tiempos de gloria. Para mí el fútbol es eso.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Cuando al fin le encontré respuesta a una de esas putas preguntas


¿Qué hace bueno a un libro?
Fuerte la preguntita, ¿vea?
Tengo ya casi 10 años de dar clases y la pregunta seguía asaltándome. Era lógico, yo que siempre critiqué a Paulo Coelho. Conste que he reconocido ante mis alumnos y alumnas que él ha encontrado la fórmula. Es decir, no satanizo del todo al tipo. Encontró la fórmula para vender. Eso no se le quita.
No crean que yo no me he preguntado qué hizo Shakespeare para que con  Hamlet me quedara pegada a su historia a tal grado que Góchez tuvo, literalmente, esperar a que terminara segundos antes para entregarme el control de lectura de dicho libro. Estaba renuente a leerla, pero cuando lo hice (horas antes del control) no pude soltarlo, no pude.
Puede ser que Don Paquito (ah, Don Paquito, usted restauró la fe de su servidora en la lectura, en serio. Fue volver a nacer en letras sencillas) tuviera razón al decirnos en su clases que la lectura DEBE atrapar en tanto que sus personajes sean lo suficientemente creíbles. Que uno los ame, los odie, los cuestione, lo crea reales. La clave, entonces, estaría en que el autor/a esté lo suficientemente dotado de una fotografía de quien va a desenrollar la trama. Y que a sus lectores se nos haya concedido la capacidad de recepción tal cual: rostro, gestos, voz, sus movimientos corporales, fisiología, sicología. Que toda la kinésica que el autor pensó llegue hasta este lado de una forma vívida. Puede ser.
O por otro lado, Manuel también nos contaba en Prácticas Discursivas que una buena historia TIENE que poseer esos puntos de quiebres que asusten, despisten, sorprendan, cuestionen, flexibilicen en nuestra mente el “Puede ser que”. Los puntos de quiebre son esas inflexiones en las historias que arrancaban en el “Había una vez” y cedían hasta el “Fueron felices para siempre” que nos tenían acostumbrados de los cuentos infantiles. Es cuando ¡Zas! El mayordomo no tenía la culpa del asesinato, ni la Soraya terminaba en el manicomio o quemada (Remítome a la trilogía de las María de Thalía donde la Soraya – que siempre era la mala, muy mala- terminaba únicamente en esos dos finales) o los estaunidences eliminaban a los extraterrestres con el despliegue de sus más primitivas armas. No, rompía con eso y más. Los puntos de quiebre provocan que la historia dé vuelta, el giro que esperábamos. Puede ser.
A veces pensé que la majestuosidad radicaba en lo que hacía Saramago y sus juego de voces. Su violación a la puntuación, pero que igual, uno mentalmente puntuaba. Él nos obligaba a puntuar por el ritmo. Él era ese genio que se daba el lujo. Que Cortázar decía que los autores astutos provocaban a la lengua, la tergiversaban. También la genialidad podría radicar en que su: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia” resultara tan familiar. Talvez aquí radicaba lo bueno. Puede ser. Quizás la genialidad radiaba en la portada y contraportada, en las ilustraciones, en el tipo de letra. Puede ser.
Pero, sorprendentemente, la respuesta me llegó como iluminación divina en las palabras de Ivón Rivera, compañera y amiga, que dijo certeramente que un libro (para el caso Millenim 2) le provocaba miedo. Aquí sí es.
¿En el miedo radicaba la genialidad de un texto? Sí, sencillo y complejo a la vez. El miedo, dicen por ahí, es bueno; entonces apliquémoslo. El miedo es bueno porque significa que tenés algo que perder, según la jerga popular. Sí, es esa sensación de que la historia acaba. Además, aquí le cabe cualquier autor o autora.
Entonces, desde este momento, respondo con certeza a ¿Cuándo un libro es bueno? Cuando tenés miedo a terminarlo y no saber qué hacer con tanta libertad. Eso es.

martes, 4 de septiembre de 2012

Lecciones bien aprendidas

Estuve escuchando hoy sobre las horas de sueño que "deberíamos" tener. Es triste. En mi caso duermo menos de lo que mi cuerpo necesita. El locutor en cuestión hacía una comparación con el león. Este, después de comer, hace una siesta que dura toda la tarde. La verdad se vino como vómito: nos hemos acostumbrado. Sí, la costumbre se hizo ley.
Es patético cómo, si inmutarnos si quiera, aceptamos esto como realidad. Aspiramos humo de los buses, así como brisa matutina. ¿Te invito a andar en bicicleta en el volcán? (aquí ponga su cara de tornillo) ay, no qué hueva. ¿Vámonos por la carretera litoral para respirar aire fresco? (aquí va la cara de "creés que cago pisto") la gasolina, la gasolina.
Nos acostumbramos a que en el amor se sufre. Perdónenme, ustedes amantes de las letras bíblicas y encíclicas de antaño; en el amor no se sufre, no me jodan. Ese es puro cuenterete de viejita traicionada o de maitro mal golpeado por una pérfida que supo hacérsela bien. No me jodan. Los mejores momentos me las he pasado amando: a mi familia, a mis mascotas, a mis amigas y amigos. Ese es igual amor, no me vengan con que se sufre. Es que la biblia... momento, ¿creerle al libro más violado de la historia? paso.
El discurso político nos lo tragamos como frijoles (porque, puesí, eso comemos sin remilgar) en "bala". sin siquiera parpadear, sin cuestionar, sin preguntar, sin leer entre líneas, sin averiguar qué hay detrás. Digerimos los eufemismos sin develar su sentido pleno. Triste.
Nos bancamos la música que viene, esa repetitiva, que me dicen que yo solo "coger" quiero porque sonrío o porque me pongo tal o cual ropa. Mi diversión es la música que me toca, que me llena, que me refiere a otros mundos, que evoca palabras nuevas, que me hacen experimentar sonidos que mis oídos aún no alcanzan a comprender, pero que igual me seducen. Una guitarra, amigos y la noche. Esa es la escena.
Soportamos (porque no tengo otro verbo que indique la repulsión que siento hacia ellos) los programas televisivos sin contenido, bayuncos, vulgares. Nos aguantamos que nos traten como pendejos, porque "eso es lo que quieren". Excúseme, yo no soy pendeja, ni me gusta que los presentadores (esos iletrados que, además, tratan como idiotas a la audiencia -sí, el gordo Max lo hizo con lo de la boda de la Tula -) me digan qué quiero, qué necesito, qué busco. Nunca he figurado en ninguna encuesta para que digan que "eso es lo que quiero". No me jodan.
Aceptamos, convivimos y (hasta me exigen) exigimos un sistema educativo opresor, sin tomar en consideración ni la más mínima expresión personal. No importa mi opinión, ni mis formas de proceder. Nadie preguntó si lo que quería aprender era física. Por eso siempre dije que el colegio te expande el conocimiento, pero te reprime el sentimiento. Yo quise hacer teatro, música; pero al colegio le importaba la matemática y la biología. Aceptamos, con resignación, que me echaran por no entrar a esos paradigmas. Heme aquí, entonces, con una carrera actoral frustrada.
Y así puedo seguir este círculo vicioso en el que rodamos como hamster bien entrenados. Puedo seguir, porque hemos aceptado esto como credo. Aceptar en su definición es:

aceptar conjugar ⇒

  1. tr. Recibir voluntariamente una cosa:
    no quiso aceptar el regalo.
  2. Aprobar o dar por bueno:
    la junta aceptó la subida.
  3. Admitir, conformarse:
    aceptar una solución.
  4. Obligarse por escrito a pagar una letra o libranza:
    el banco ha aceptado el talón.

No, en serio, no me gusta.

martes, 8 de mayo de 2012

Aviso

No sé cómo comenzar.
...
...
...
La vida está y al momento ya no. Es así. Hoy pude tocar sus manos huesudas en las manos de Alex. Él fue el protagonista de mi último blog. ¿Lo recuerda? Si no es así, la/o remito a que busque por acá.
Tuve hace como una semana la sensación de ya no saber nada de él. Solo tenía en mi registro del FB un mensaje de él. Reproduzco:

Alexander Urquiza
Hi!!
Hola!!!...26769631...bbm
Kelly Iraheta
hola?
me disculpa pero tengo desconectado el cel, así que no he recibido nada.
y estoy desconectada de las redes, saludos!
Alexander Urquiza
Ok, no yo solamente saludándola...
Kelly Iraheta
Gracias, muy amable, felices vacaciones.


¿Simple?¿escueto?¿llano? Sí, así somos hoy: simples, escuetos, llanos. 


Después de esto la vida viene y me da su revés. 
Hoy 8 de mayo me cae el mensaje en donde me cuentan que ha sufrido un accidente. y me lo encuentro mal, muy mal:

Fémur fracturado (en 6 partes, por cierto), 
fractura de cráneo, 
inconsciente, 
magullado, 
sedado, 
fuera de aquí, 
en silencio y distante. 
Solo pude decirle Si salís de esta te llevo a la playa. 
El nudo iba creciendo en mi garganta y solo pude besar su tatuaje en el brazo izquierdo, era el único espacio libre entre tanto cable. Comenzaron a rodar las lágrimas. Solo me dieron 2 minutos para verlo y no pude hacer más nada, no puedo hacer más nada. 
Desde que salí de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) tenía la urgente necesidad de sacar esto del buche. No conozco otra más que escribiendo, haciendo catarsis con palabras.
También tuve la sensación de que era un día dual. Dual (adj.)
1   Que tiene o reúne en sí dos caracteres o fenómenos distintos: el signo lingüístico es dual: consta de significante y significado.
Me encontré hoy, precisamente hoy, a personas maravillosas. Aída Girón, Silvia Leiva, a la misma madre de Álex y así... personas a quienes igualmente, tenía días de no ver. Reencontrarnos fue darme ese respiro en la vida.
Tuve por un momento la idea de que Dios (esa divinidad, deidad, altísimo, Yahvé, Jehová, Jesucristo, providencia, padre, Creador, eterno, omnipotente, omnisciente, Salvador, señor, todopoderosos ) (o como a usted le plazca llamar) estuviera recordándome que podría estar hasta que a él/ella le parezca. 
Era quien me tuvo de rodillas llorando a mares en ese lugar que parece frío pidiendo por él y prometiéndole que si Álex sale de ahí yo me lo llevo a la playa, a surfear, a respirar aire de mar con tal de ver otra vez sus ojos negros


viernes, 13 de enero de 2012

Alex, mi penúltima decisión

He decidido a veces no irme en cierto autobús. He decidido echarle o no azúcar a un café. He decidido hacer algo en particular o no, ir a una reunión, asistir a misa. Todas las decisiones me han costado algo, a menor o mayor escala, pero han tenido su precio.
Ahora bien, mi penúltima decisión tiene nombre y apellido: Alexander. Yo acababa de salir muy mal de una relación. Él y yo nos conocimos hace tiempo atrás y lo detuvo el acercarse a mí porque pusieron una barrera falsa entre nosotros; pero eso es otro cuento. Al fin se dio la oportunidad y comenzamos algo, una relación. Con toda la disponibilidad del mundo quiso darme el cariño o el amor que me corresponde. Y tomé una decisión. Él ahora representa una de las más caras.
Se vino una de las crisis más fuertes de salud que he tenido en mi vida y decidí: alejamiento. Mi maldito orgullo decidió que yo tendría que enfrentar esto sola, no con Álex, sola. Como todo, lo he dicho, tendrá un precio, este fue el que me tocó pagar: ya no está, ni quiere estarlo. Álex ha representado, como lo dije, mi penúltima decisión.
Acepto tu propuesta: seamos amigos. El costo por el momento son las lágrimas que caen sobre este teclado. Me arrepiento, me duele y sé que escribir esto me traerá otro costo, pero como lo mío es el riesgo, acá estoy. Gracias porque fuiste especial y por hoy el precio será este y mi última decisión será la clausura de este corazón que ha tomado decisiones con alto costo, como vos. Sé que tendré reproches por haberlo publicado, aplausos y demás, pero igual, la decisión está tomada y no me retracto de nada de lo escrito acá.