domingo, 9 de septiembre de 2012

Cuando al fin le encontré respuesta a una de esas putas preguntas


¿Qué hace bueno a un libro?
Fuerte la preguntita, ¿vea?
Tengo ya casi 10 años de dar clases y la pregunta seguía asaltándome. Era lógico, yo que siempre critiqué a Paulo Coelho. Conste que he reconocido ante mis alumnos y alumnas que él ha encontrado la fórmula. Es decir, no satanizo del todo al tipo. Encontró la fórmula para vender. Eso no se le quita.
No crean que yo no me he preguntado qué hizo Shakespeare para que con  Hamlet me quedara pegada a su historia a tal grado que Góchez tuvo, literalmente, esperar a que terminara segundos antes para entregarme el control de lectura de dicho libro. Estaba renuente a leerla, pero cuando lo hice (horas antes del control) no pude soltarlo, no pude.
Puede ser que Don Paquito (ah, Don Paquito, usted restauró la fe de su servidora en la lectura, en serio. Fue volver a nacer en letras sencillas) tuviera razón al decirnos en su clases que la lectura DEBE atrapar en tanto que sus personajes sean lo suficientemente creíbles. Que uno los ame, los odie, los cuestione, lo crea reales. La clave, entonces, estaría en que el autor/a esté lo suficientemente dotado de una fotografía de quien va a desenrollar la trama. Y que a sus lectores se nos haya concedido la capacidad de recepción tal cual: rostro, gestos, voz, sus movimientos corporales, fisiología, sicología. Que toda la kinésica que el autor pensó llegue hasta este lado de una forma vívida. Puede ser.
O por otro lado, Manuel también nos contaba en Prácticas Discursivas que una buena historia TIENE que poseer esos puntos de quiebres que asusten, despisten, sorprendan, cuestionen, flexibilicen en nuestra mente el “Puede ser que”. Los puntos de quiebre son esas inflexiones en las historias que arrancaban en el “Había una vez” y cedían hasta el “Fueron felices para siempre” que nos tenían acostumbrados de los cuentos infantiles. Es cuando ¡Zas! El mayordomo no tenía la culpa del asesinato, ni la Soraya terminaba en el manicomio o quemada (Remítome a la trilogía de las María de Thalía donde la Soraya – que siempre era la mala, muy mala- terminaba únicamente en esos dos finales) o los estaunidences eliminaban a los extraterrestres con el despliegue de sus más primitivas armas. No, rompía con eso y más. Los puntos de quiebre provocan que la historia dé vuelta, el giro que esperábamos. Puede ser.
A veces pensé que la majestuosidad radicaba en lo que hacía Saramago y sus juego de voces. Su violación a la puntuación, pero que igual, uno mentalmente puntuaba. Él nos obligaba a puntuar por el ritmo. Él era ese genio que se daba el lujo. Que Cortázar decía que los autores astutos provocaban a la lengua, la tergiversaban. También la genialidad podría radicar en que su: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia” resultara tan familiar. Talvez aquí radicaba lo bueno. Puede ser. Quizás la genialidad radiaba en la portada y contraportada, en las ilustraciones, en el tipo de letra. Puede ser.
Pero, sorprendentemente, la respuesta me llegó como iluminación divina en las palabras de Ivón Rivera, compañera y amiga, que dijo certeramente que un libro (para el caso Millenim 2) le provocaba miedo. Aquí sí es.
¿En el miedo radicaba la genialidad de un texto? Sí, sencillo y complejo a la vez. El miedo, dicen por ahí, es bueno; entonces apliquémoslo. El miedo es bueno porque significa que tenés algo que perder, según la jerga popular. Sí, es esa sensación de que la historia acaba. Además, aquí le cabe cualquier autor o autora.
Entonces, desde este momento, respondo con certeza a ¿Cuándo un libro es bueno? Cuando tenés miedo a terminarlo y no saber qué hacer con tanta libertad. Eso es.

martes, 4 de septiembre de 2012

Lecciones bien aprendidas

Estuve escuchando hoy sobre las horas de sueño que "deberíamos" tener. Es triste. En mi caso duermo menos de lo que mi cuerpo necesita. El locutor en cuestión hacía una comparación con el león. Este, después de comer, hace una siesta que dura toda la tarde. La verdad se vino como vómito: nos hemos acostumbrado. Sí, la costumbre se hizo ley.
Es patético cómo, si inmutarnos si quiera, aceptamos esto como realidad. Aspiramos humo de los buses, así como brisa matutina. ¿Te invito a andar en bicicleta en el volcán? (aquí ponga su cara de tornillo) ay, no qué hueva. ¿Vámonos por la carretera litoral para respirar aire fresco? (aquí va la cara de "creés que cago pisto") la gasolina, la gasolina.
Nos acostumbramos a que en el amor se sufre. Perdónenme, ustedes amantes de las letras bíblicas y encíclicas de antaño; en el amor no se sufre, no me jodan. Ese es puro cuenterete de viejita traicionada o de maitro mal golpeado por una pérfida que supo hacérsela bien. No me jodan. Los mejores momentos me las he pasado amando: a mi familia, a mis mascotas, a mis amigas y amigos. Ese es igual amor, no me vengan con que se sufre. Es que la biblia... momento, ¿creerle al libro más violado de la historia? paso.
El discurso político nos lo tragamos como frijoles (porque, puesí, eso comemos sin remilgar) en "bala". sin siquiera parpadear, sin cuestionar, sin preguntar, sin leer entre líneas, sin averiguar qué hay detrás. Digerimos los eufemismos sin develar su sentido pleno. Triste.
Nos bancamos la música que viene, esa repetitiva, que me dicen que yo solo "coger" quiero porque sonrío o porque me pongo tal o cual ropa. Mi diversión es la música que me toca, que me llena, que me refiere a otros mundos, que evoca palabras nuevas, que me hacen experimentar sonidos que mis oídos aún no alcanzan a comprender, pero que igual me seducen. Una guitarra, amigos y la noche. Esa es la escena.
Soportamos (porque no tengo otro verbo que indique la repulsión que siento hacia ellos) los programas televisivos sin contenido, bayuncos, vulgares. Nos aguantamos que nos traten como pendejos, porque "eso es lo que quieren". Excúseme, yo no soy pendeja, ni me gusta que los presentadores (esos iletrados que, además, tratan como idiotas a la audiencia -sí, el gordo Max lo hizo con lo de la boda de la Tula -) me digan qué quiero, qué necesito, qué busco. Nunca he figurado en ninguna encuesta para que digan que "eso es lo que quiero". No me jodan.
Aceptamos, convivimos y (hasta me exigen) exigimos un sistema educativo opresor, sin tomar en consideración ni la más mínima expresión personal. No importa mi opinión, ni mis formas de proceder. Nadie preguntó si lo que quería aprender era física. Por eso siempre dije que el colegio te expande el conocimiento, pero te reprime el sentimiento. Yo quise hacer teatro, música; pero al colegio le importaba la matemática y la biología. Aceptamos, con resignación, que me echaran por no entrar a esos paradigmas. Heme aquí, entonces, con una carrera actoral frustrada.
Y así puedo seguir este círculo vicioso en el que rodamos como hamster bien entrenados. Puedo seguir, porque hemos aceptado esto como credo. Aceptar en su definición es:

aceptar conjugar ⇒

  1. tr. Recibir voluntariamente una cosa:
    no quiso aceptar el regalo.
  2. Aprobar o dar por bueno:
    la junta aceptó la subida.
  3. Admitir, conformarse:
    aceptar una solución.
  4. Obligarse por escrito a pagar una letra o libranza:
    el banco ha aceptado el talón.

No, en serio, no me gusta.